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Opinion

Hay elecciones para renovar el Poder Ejecutivo. 

Xóchitl Gálvez, de Hidalgo, candidata opositora perdedora, no se anda por las ramas ni se arredra ante un tipo de bajos instintos como Marko Cortés, al estilo de Alejandro “Alito” Moreno. 

Las palabras pronunciadas ayer en el IEE por el gobernador electo de Puebla, Alejandro Armenta, todavía retumban: “El equipo de transición no es el gabinete. De una vez que quede claro para que no empiecen a emocionarse, porque en esa ruta lo que necesitamos es asegurar que quienes vayan a ocupar esas carteras de la administración tengan amor y consagración, esa es responsabilidad mía. No me puedo equivocar con un personaje que a los ocho días ya se sintió mal, ya no quiere, ya está de malas, ya se agotó, ya no quiere atender a la gente, no toma llamadas, no responde a los compañeros. Yo, no puedo estar así. Yo, necesito eficiencia, eficacia, resultados; no hay otra cosa para mí”. 

Ya pasaron las elecciones y algunos políticos han llegado a la locura al pensar que tienen un gran poder en Puebla o pretenden tomarlo de un partido que murió en 2018. 

No le bastó a la alianza “Fuerza y Corazón por México”, conformada por el PAN, PRI y PRD, la paliza que recibió de Morena y la cuarta transformación. Hoy, exigen voto por voto, casilla por casilla, lo que negaron en 2006 a Andrés Manuel López Obrador, a pesar del exiguo 0.56 por ciento con el que ganó Felipe Calderón Hinojosa. 

En Puebla, cohabitan seudo periodistas, empresarios y políticos mercenarios que gustan del dinero fácil. 

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